Delirio de primavera

Eres exactamente lo que tienes que ser.
Estás exactamente donde tienes que estar.
Estás aquí, ahora.
Eres vivo.
Eres tú.
Estás en el presente. El eterno presente.

Verdes árboles
que nunca conocen al otoño.
Frescas brisas que no dejan de soplar.
Aire eterno. Sereno.

Vida.
Eternidad.
La mansedumbre del ser eterno.
La fuerza del que está vivo
y no conoce la muerte.

Danza de hojas, ondear de ramas.
Silencioso florecer de rosas.
Presencia.
Asombro.
Cada instante un nuevo inicio.
El pasado a la espalda.

Lo que existió ya no existe.
Lo que existirá es lo que existe ya.

Antonio Marcantonio
Madrid, 9 de abril 2012

La courbe de tes yeux

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La courbe de tes yeux fait le tour de mon coeur,
Un rond de danse et de douceur,
Auréole du temps, berceau nocturne et sûr,
Et si je ne sais plus tout ce que j’ai vécu
C’est que tes yeux ne m’ont pas toujours vu.

Feuilles de jour et mousse de rosée,
Roseaux du vent, sourires parfumés,
Ailes couvrant le monde de lumière,
Bateaux chargés du ciel et de la mer,
Chasseurs des bruits et sources des couleurs,

Parfums éclos d’une couvée d’aurores
Qui gît toujours sur la paille des astres,
Comme le jour dépend de l’innocence
Le monde entier dépend de tes yeux purs
Et tout mon sang coule dans leurs regards.

Paul Éluard

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La eternidad tiene tu nombre

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Fragmentos de un poema hermético, místico-amoroso

En el perfume a canela
de tu piel
se esconde
la muda y tenaz revuelta
de la creación
contra un caprichoso
y taimado
demiurgo.

Tus párpados
son pétalos de rosa
que se doblan
bajo el rocío de unas lágrimas
cuando mi amor te calienta
como el primer sol
de la mañana.

¿Cómo disfrutar
de la belleza
si todo eso es perecedero?

Como un profeta herético
voy buscando
en la arcana melodía
de tus pestañas
la eternidad.

Tus ojos negros
son caudales
de un río
inagotable
que me habla
de inmortalidad.

Pero tal vez un día
despertaré
y un genio oscuro
aplastará mis sueños
riéndose ante la escena de mi sed
abandonada y solitaria.

¿Dónde está lo eterno?
Muchas veces
he estado a punto de alcanzarlo
en el instante
en que nuestros cuerpos
fueron uno.

Pero alguien
nos arrojó de nuevo
a esta árida tierra
y volvió a hacer del uno
dos.

Como un alquimista
poseído por el afán
de la armoniosa totalidad
del ser
busco el exorcismo
que nos libere
de los demonios
del olvido y la pérdida.

Encuentro la respuesta
en el perfil de tus labios
que me gusta tanto saborear.

Y cuando te beso
al gozo de pertenecerte
se une el tormento
de no poder morir
y renacer en tu alma
en ese mismo momento.

Cuando tus manos
no se entrelazan
con mis manos;
cuando tus cabellos
no me embriagan
con su aroma;
cuando no me puedo nutrir
de tu cuerpo,
vida y muerte
son sinónimos.

Pero me basta que tu voz
me meza
con las palabras
más amorosas y puras
para sentir mi alma
huir de mi pecho
y refugiarse en el tuyo.

Mi corazón
es un canto de nostalgia
de eternidad
y la eternidad
tiene un solo nombre:
el tuyo.

Antonio Marcantonio

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Memorias de un apátrida

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Me habitué a hablar con muy poca gente y a ser un extranjero, [...] regresaba en las vacaciones y encontraba un país zafio y ruidoso donde todo el mundo [...] hablaba siempre a gritos, y al cabo de una semana ya quería marcharme, [...] me moría de tristeza viendo a mis padres envejecidos, [...] a mis amigos enquistados sin un rastro de rebelión en su melancolía de provincias, más gordos, con menos pelo, con hijos y ocupaciones y amistades que ya no tenían nada que ver conmigo, recibiéndome cada vez que los veía con una hospitalidad atenuada por la desconfianza, como si íntimamente me echasen en cara una deserción que no era sino la consecuencia de una voluntad de huir que todos compartimos y que sólo yo cumplí hasta el final [...]: me reprochaban que no hubiera asistido a sus bodas, que hubiera perdido el acento [...], me hacían preguntas sobre mi trabajo y sobre las ciudades de Europa donde llevaba años viviendo y yo temía que mis respuestas los hirieran, me imaginaba en la posición contraria [...]. [A]hora descubro [...] que tenía mucho más miedo de lo que pensaba, era como estar acercándome a un límite, si daba unos pocos pasos más ya no habría remedio, sería un extranjero para siempre, no habría un solo lugar en el mundo donde yo tuviera un motivo firme para permanecer. He conocido a mucha gente así, son como una estirpe, una raza aparte que vive en una diáspora sin persecución ni tierra prometida, nunca saben del todo dónde están, no terminan de acostumbrarse jamás al país donde se instalaron hace años pero vuelven al suyo y advierten que han pasado fuera demasiado tiempo, que han perdido las claves cotidianas de su propio idioma y no acaban de comprender, por ejemplo, las noticias de la televisión o los chistes del periódico, se marchan de nuevo y se resignan y saben que ya será inútil volver, que se les ha degradado la memoria y que de ahora en adelante vivirán como fantasmas parciales que no dejan huellas de sus pasos y carecen de sombra. Pero yo he querido ser así, te lo juro, estaba envenenado de palabras, he seguido estándolo mucho después de que terminara mi adolescencia, he creído que amaba el nomadismo y la soledad porque eran palabras prestigiosas, adornadas por las mayúsculas  de la literatura. Lo único cierto entre tanta mentira que me he contado era el miedo a permanecer, a que me envolvieran los hilos de la dependencia y la costumbre, el veneno letal de los hábitos diarios, el amor, los bares, el trabajo, la complacencia en la repetición, segregando una baba que se vuelve sólida al contacto del aire, que lo recluye a uno en su casa y en el número creciente de sus objetos, sus muebles, sus electrodomésticos, sus hijos o sus animales de compañía y lo acaba atando no porque haya elegido sino porque ha ido perdiendo toda posibilidad de elección.

From: El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina

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Picture: “Enlightenment”, © Antonio Marcantonio 2010 (taken in calle de Ayala, Madrid)

Lift the anchor

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E subito riprende
Il viaggio
Come
Dopo il naufragio
Un superstite
Lupo di mare.

—Giuseppe Ungaretti

I’m tired to always follow the old paths, through barren lands; to always play the same roles in baroque, decadent comedies; to close myself in the jail of the dim, bleak symphony which I’ve been always listening to. It’s time to break my chains, to lift the anchor and keep the ship of my soul ready to sail—through a new route, or maybe through a new sea where there’s no route at all, where the only route is the one—wonderfully unknown—drawn by the placid breeze of inner peace, which I’m longing for.

Violenta caritas — Violent love

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« Nonne tibi corde percussus videtur, quando igneus ille amoris aculeus mentem hominis medullitus penetrat, affectumque transverberat, in tantum ut desiderii sui estus cohibere vel dissimulare omnino non valeat? Desiderio ardet, fervet affectu, estuat, anhelat, profunde ingemiscens et longa suspiria trahens. »

« ¿No sientes tu corazón transfijo cuando el ardiente aguijón del amor penetra hasta la médula de tu alma humana y la hiere de una dulce herida, tanto que él no puede reprimir ni esconder la vehemencia de su pasión? Arde de deseo, abrasa en la dulzura, resplandece, late entre gemidos profundos y jadea con largos suspiros. »

« Don’t you feel like your heart is crushed when the burning sting of love penetrates to the marrow of your human soul and wounds it so much that it cannot repress nor hide the vehemence of its passion? It burns with desire, blazes with love, glows, throbs moaning intensely and panting incessantly. »

« Non senti il tuo cuore trafitto quando l’aculeo ardente dell’amore penetra fino al midollo della tua anima umana e la ferisce con una dolce ferita, tanto che esso non può reprimere né nascondere la veemenza della sua passione? Arde di desiderio, brucia di tenerezza, risplende, palpita tra gemiti profondi, emettendo lunghi sospiri. »

From: Tractatus de Quatuor Gradibus Violentae Caritatis, Richard of Saint Victor

Translations from the original Latin text into Spanish, English, and Italian by Antonio Marcantonio

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La dernière entrevue de Frédéric et de Mme Arnoux

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Il voyagea.

Il connut la mélancolie des paquebots, les froids réveils sous la tente, l’étourdissement des paysages et des ruines, l’amertume des sympathies interrompues.

Il revint.

Il fréquenta le monde, et il eut d’autres amours encore. Mais le souvenir continuel du premier les lui rendait insipides ; et puis la véhémence du désir, la fleur même de la sensation était perdue. Ses ambitions d’esprit avaient également diminué. Des années passèrent ; et il supportait le désoeuvrement de son intelligence et l’inertie de son coeur.

Vers la fin de mars 1867, à la nuit tombante, comme il était seul dans son cabinet, une femme entre.

- Madame Arnoux !

- Frédéric !

Elle le saisit par les mains, l’attira doucement vers la fenêtre, et elle le considérait tout en répétant :

- C’est lui ! C’est donc lui !

Dans la pénombre du crépuscule, il n’apercevait que ses yeux sous la voilette de dentelle noire qui masquait sa figure.

Quand elle eut déposé au bord de la cheminée un petit portefeuille de velours grenat, elle s’assit. Tous deux restèrent sans pouvoir parler, se souriant l’un à l’autre.

Enfin, il lui adressa quantité de questions sur elle et son mari.

Ils habitaient le fond de la Bretagne, pour vivre économiquement et payer leurs dettes. Arnoux, presque toujours malade, semblait un vieillard maintenant. Sa fille était mariée à Bordeaux, et son fils en garnison à Mostaganem. Puis elle releva la tête :

- Mais je vous revois ! Je suis heureuse !

Il ne manqua pas de lui dire qu’à la nouvelle de leur catastrophe, il était accouru chez eux.

- Je le savais !

- Comment ?

Elle l’avait aperçu dans la cour, et s’était cachée.

- Pourquoi ?

Alors, d’une voix tremblante, et avec de longs intervalles entre ses mots :

- J’avais peur ! Oui… peur de vous… de moi !

Cette révélation lui donna comme un saisissement de volupté. Son coeur battait à grands coups. Elle reprit :

- Excusez-moi de n’être pas venue plus tôt (et désignant le petit portefeuille grenat couvert de palmes d’or : ) Je l’ai brodé à votre intention, tout exprès. Il contient cette somme, dont les terrains de Belleville devaient répondre.

Frédéric la remercia du cadeau, tout en la blâmant de s’être dérangée.

- Non ! Ce n’est pas pour cela que je suis venue ! Je tenais à cette visite, puis je m’en retournerais… là-bas.

Et elle lui parla de l’endroit qu’elle habitait.

C’était une maison basse, à un seul étage, avec un jardin rempli de buis énormes et une double avenue de châtaigniers montant jusqu’au haut de la colline, d’où l’on découvre la mer.

- Je vais m’asseoir là, sur un banc, que j’ai appelé : le banc Frédéric.

Puis elle se mit à regarder les meubles, les bibelots, les cadres, avidement, pour les emporter dans sa mémoire. Le portrait de la Maréchale était à demi caché par un rideau. Mais les ors et les blancs, qui se détachaient au milieu des ténèbres, l’attirèrent.

- Je connais cette femme, il me semble ?

- Impossible ! dit Frédéric. C’est une vieille peinture italienne.

Elle avoua qu’elle désirait faire un tour à son bras, dans les rues.

Ils sortirent.

La lueur des boutiques éclairait, par intervalles, son profil pâle ; puis l’ombre l’enveloppait de nouveau ; et, au milieu des voitures, de la foule et du bruit, ils allaient sans se distraire d’eux mêmes, sans rien entendre, comme ceux qui marchent ensemble dans la campagne, sur un lit de feuilles mortes.

Ils se racontèrent leurs anciens jours, les dîners du temps de l’Art industriel, les manies d’Arnoux, sa façon de tirer les pointes de son faux col, d’écraser du cosmétique sur ses moustaches, d’autres choses plus intimes et plus profondes. Quel ravissement il avait eu la première fois en l’entendant chanter ! Comme elle était belle, le jour de sa fête, à Saint-Cloud ! Il lui rappela le petit jardin d’Auteuil, des soirs au théâtre, une rencontre sur le boulevard, d’anciens domestiques, sa négresse.

Elle s’étonnait de sa mémoire. Cependant, elle lui dit :

- Quelquefois, vos paroles me reviennent comme un écho lointain, comme le son d’une cloche apporté par le vent ; et il me semble que vous êtes là, quand je lis des passages d’amour, dans les livres.

- Tout ce qu’on y blâme d’exagéré, vous me l’avez fait ressentir, dit Frédéric.

Je comprends les Werther que ne dégoûtent pas les tartines de Charlotte.

- Pauvre cher ami !

Elle soupira ; et après un long silence :

- N’importe, nous nous serons bien aimés.

- Sans nous appartenir, pourtant !

- Cela vaut peut-être mieux, reprit-elle.

- Non ! non ! Quel bonheur nous aurions eu !

- Oh ! je le crois, avec un amour comme le vôtre !

Et il devait être bien fort pour durer après une séparation si longue !

Frédéric lui demanda comment elle l’avait découvert.

- C’est un soir que vous m’avez baisé le poignet entre le gant et la manchette. Je me suis dit : « Mais il m’aime… il m’aime ! » J’avais peur de m’en assurer, cependant. Votre réserve était si charmante, que j’en jouissais comme d’un hommage involontaire et continu.

Il ne regretta rien. Ses souffrances d’autrefois étaient payées.

Quand ils rentrèrent, Mme Arnoux ôta son chapeau. La lampe, posée sur une console, éclaira ses cheveux blancs. Ce fut comme un heurt en pleine poitrine.

Pour lui cacher cette déception, il se posa à terre à ses genoux, et, prenant ses mains, se mit à lui dire des tendresses.

- Votre personne, vos moindres mouvements, me semblaient avoir dans le monde une importance extrahumaine. Mon coeur, comme de la poussière, se soulevait derrière vos pas. Vous me faisiez l’effet d’un clair de lune par
une nuit d’été, quand tout est parfums, ombres douces, blancheurs, infini ; et les délices de la chair et de l’âme étaient contenus pour moi dans votre nom que je me répétais, en tâchant de le baiser sur mes lèvres. Je n’imaginais rien au delà. C’était Mme Arnoux telle que vous étiez, avec ses deux enfants, tendre, sérieuse, belle à éblouir, et si bonne ! Cette image-là effaçait toutes les autres. Est-ce que j’y pensais, seulement ! puisque j’avais toujours au fond de moi-même la musique de votre voix et la splendeur de vos yeux !

Elle acceptait avec ravissement cette adoration pour la femme qu’elle n’était plus. Frédéric, se grisant par ses paroles, arrivait à croire ce qu’il disait. Mme Arnoux, le dos tourné à la lumière, se penchait vers lui. Il sentait sur son front la caresse de son haleine, à travers ses vêtements le contact indécis de tout son corps. Leurs mains se serrèrent ; la pointe de sa bottine s’avançait un peu sous sa robe, et il lui dit, presque défaillant :

- La vue de votre pied me trouble.

Un mouvement de pudeur la fit se lever. Puis, immobile, et avec l’intonation singulière des somnambules :

- À mon âge ! lui ! Frédéric ! … Aucune n’a jamais été aimée comme moi ! Non, non, à quoi sert d’être jeune ? Je m’en moque bien ! je les méprise, toutes celles qui viennent ici !

- Oh ! il n’en vient guère, reprit-il complaisamment.

Son visage s’épanouit, et elle voulut savoir s’il se marierait. Il jura que non.

- Bien sûr ? Pourquoi ?

- A cause de vous, dit Frédéric, en la serrant dans ses bras.

Elle y restait, la taille en arrière, la bouche entrouverte, les yeux levés. Tout à coup, elle le repoussa avec un air de désespoir ; et, comme il la suppliait de lui répondre, elle dit en baissant la tête :

- J’aurais voulu vous rendre heureux.

Frédéric soupçonna Mme Arnoux d’être venue pour s’offrir ; et il était repris par une convoitise plus forte que jamais, furieuse, enragée.

Cependant, il sentait quelque chose d’inexprimable, une répulsion, et comme l’effroi d’un inceste. Une autre crainte l’arrêta, celle d’en avoir dégoût plus tard. D’ailleurs, quel embarras ce serait ! – et tout à la fois par prudence et pour ne pas dégrader son idéal, il tourna sur ses talons et se mit à faire une cigarette.

Elle le contemplait, tout émerveillée :

- Comme vous êtes délicat ! Il n’y a que vous ! Il n’y a que vous !

Onze heures sonnèrent.

- Déjà ! dit-elle ; au quart, je m’en irai.

Elle se rassit ; mais elle observait la pendule, et il continuait à marcher en fumant. Tous les deux ne trouvaient plus rien à se dire. Il y a un moment, dans les séparations, où la personne aimée n’est déjà plus avec nous.

Enfin, l’aiguille ayant dépassé les vingt-cinq minutes, elle prit son chapeau par les brides, lentement.

- Adieu, mon ami, mon cher ami ! Je ne vous reverrai jamais ! C’était ma dernière démarche de femme. Mon âme ne vous quittera pas. Que toutes les bénédictions du ciel soient sur vous !

Et elle le baisa comme une mère.

Mais elle parut chercher quelque chose, et lui demanda des ciseaux.

Elle défit son peigne ; tous ses cheveux blancs tombèrent.

Elle s’en coupa, brutalement, à la racine, une longue mèche.

- Gardez-les ! adieu !

Quand elle fut sortie, Frédéric ouvrit sa fenêtre. Mme Arnoux, sur le trottoir, fit signe d’avancer à un fiacre qui passait. Elle monta dedans. La voiture disparut.

Et ce fut tout.

FromL’Éducation sentimentale, Gustave Flaubert

“Da igual cómo me llame” — (“No matter what’s my name”)

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A cold breeze sweeps the streets of the Salamanca neighborhood in Madrid. After a night storm, the sun gleams with playful glares through the green leaves on the branches of the oaks. A carpet of rosy petals offers itself to the high heels of pretty, young, impeccably dressed women while businesslike, elegantly attired men hurry with an air of self-importance to their works.

Definitely, the spring seems to be late this year: the chill of the winter doesn’t relies its grip on the city. The branch of a tree drips in a puddle which reflects the sky, giving the sight of an inverse world, where even the mud may hide a glimpse of heaven. Under the tree, unperceived, sits an old man, wrapped in a green coat, staring absentmindedly at an indefinite, distant point with his eyes in which you can read a deeply sorrowful stillness.

Nobody seems to have enough time to look at him, to notice that he lies there abandoned, to care about his poverty. To empathize with his loneliness. I pass by but I get transfixed by his bleak glance that reaches the very same region of my heart in which I myself feel like him: terribly forlorn and out of place.

I have a sudden need to approach the man—a bizarre thought invades my mind: “He could be my father.” Why my father? He’s just a stranger. I keep fixing his eyes: What is he looking at? Does his thought, his attention have a direction still? Or is he jailed into his own world of isolation, forgotten by everybody?

My stomach growls: I enter a bar and while I’m chewing my sandwich I cannot stop ruminating on the odd contrast between the glacial haughtiness of the people who surround me and the lost expression of the old man who sits on the bench without stirring a muscle. I decide to buy a sandwich for him. He should be starving. Is it possible that nobody thinks about his need to be fed, to be cared of?

I approach him shyly and I ask him almost stammering if he feels offended by my offer to give him the sandwich. He tells me that he accepts it gratefully because he can now give it to a sick woman, whom he’s waiting for.

I ask for his name and he cuts short:

“Da igual cómo me llame.”

“No matter what’s my name.” I feel disappointed, almost betrayed by the rudeness of his answer, but I can justify it with many reasons: despair, distrust, tiredness… Or is it just that, in our present society, people like him have no name anymore?

“Nobody is my name. Nobody I’m called by mother, father, and by all my comrades,” once said old Odysseus.

Antonio Marcantonio
May 3rd, 2012

El pasajero

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Me encuentro sobre la plataforma del tranvía, completamente vacilante acerca de mi lugar en este mundo, en esta ciudad, en mi familia. Ni siquiera por ventura podría indicar qué derechos invocar para justificarme, en uno u otro sentido. Soy incapaz de alegar el hecho de estar sobre esta plataforma, sostenido de esta asa, dejándome arrastrar por este tranvía; de que la gente se quite del camino, o continúe caminando calladamente, o se detenga ante los escaparates: no es que nadie así me lo pida -pero eso es irrelevante.

El tranvía se acerca a una parada, y una joven se aproxima al umbral, dispuesta a bajar. Se me aparece claramente, tal como si la hubiera acariciado con mis propias manos. Está vestida de negro, los pliegues de su falda están casi inmóviles, su blusa es ceñida y tiene un cuello de fino encaje blanco, su mano izquierda se apoya de plano sobre el costado del tranvía, la sombrilla en la mano derecha descansa sobre el segundo peldaño. Su rostro es moreno; su nariz, ligeramente pellizcada a los costados, es de punta redondeada y ancha. Su melena es castaña, con algún mechón cayendo sobre su sien derecha. Su oreja es pequeña y compacta, pero al estar cerca puedo ver todo el pabellón de la oreja derecha, y la sombra que proyecta.

En ese momento me pregunté: ¿Pero cómo es posible que no esté pasmada de sí misma, que permanezca con los labios cerrados y no diga nada al respecto?

Franz Kafka, El pasajero

The Beauties

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The Armenian invited me to have tea. Sitting down to the table, I glanced at the girl, who was handing me a glass of tea, and felt all at once as though a wind were blowing over my soul and blowing away all the impressions of the day with their dust and dreariness. I saw the bewitching features of the most beautiful face I have ever met in real life or in my dreams. Before me stood a beauty, and I recognized that at the first glance as I should have recognized lightning.

I am ready to swear that Masha—or, as her father called her, Mashya—was a real beauty, but I don’t know how to prove it. It sometimes happens that clouds are huddled together in disorder on the horizon, and the sun hiding behind them colors them and the sky with tints of every possible shade–crimson, orange, gold, lilac, muddy pink; one cloud is like a monk, another like a fish, a third like a Turk in a turban. The glow of sunset enveloping a third of the sky gleams on the cross on the church, flashes on the windows of the manor house, is reflected in the river and the puddles, quivers on the trees; far, far away against the background of the sunset, a flock of wild ducks is flying homewards. . . . And the boy herding the cows, and the surveyor driving in his chaise over the dam, and the gentleman out for a walk, all gaze at the sunset, and every one of them thinks it terribly beautiful, but no one knows or can say in what its beauty lies.

[. . .]

An artist would have called the Armenian girl’s beauty classical and severe, it was just that beauty, the contemplation of which—God knows why!—inspires in one the conviction that one is seeing correct features; that hair, eyes, nose, mouth, neck, bosom, and every movement of the young body all go together in one complete harmonious accord in which nature has not blundered over the smallest line. You fancy for some reason that the ideally beautiful woman must have such a nose as Masha’s, straight and slightly aquiline, just such great dark eyes, such long lashes, such a languid glance; you fancy that her black curly hair and eyebrows go with the soft white tint of her brow and cheeks as the green reeds go with the quiet stream. Masha’s white neck and her youthful bosom were not fully developed, but you fancy the sculptor would need a great creative genius to mold them. You gaze, and little by little the desire comes over you to say to Masha something extraordinarily pleasant, sincere, beautiful, as beautiful as she herself was.

At first I felt hurt and abashed that Masha took no notice of me, but was all the time looking down; it seemed to me as though a peculiar atmosphere, proud and happy, separated her from me and jealously screened her from my eyes.

“That’s because I am covered with dust,” I thought, “am sunburnt, and am still a boy.”

But little by little I forgot myself, and gave myself up entirely to the consciousness of beauty. I thought no more now of the dreary steppe, of the dust, no longer heard the buzzing of the flies, no longer tasted the tea, and felt nothing except that a beautiful girl was standing only the other side of the table.

I felt this beauty rather strangely. It was not desire, nor ecstacy, nor enjoyment that Masha excited in me, but a painful though pleasant sadness. It was a sadness vague and undefined as a dream. For some reason I felt sorry for myself, for my grandfather and for the Armenian, even for the girl herself, and I had a feeling as though we all four had lost something important and essential to life which we should never find again.

[. . .]

And the oftener she fluttered by me with her beauty, the more acute became my sadness. I felt sorry both for her and for myself and for the Little Russian, who mournfully watched her every time she ran through the cloud of chaff to the carts. Whether it was envy of her beauty, or that I was regretting that the girl was not mine, and never would be, or that I was a stranger to her; or whether I vaguely felt that her rare beauty was accidental, unnecessary, and, like everything on earth, of short duration; or whether, perhaps, my sadness was that peculiar feeling which is excited in man by the contemplation of real beauty, God only knows.

From: The Beauties, Anton Chekhov

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