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Primavera. El viento mezcla con su pícara y sensual sabiduría el aroma de tu piel, el perfume de las flores y el olor de la tierra besada por el sol. La brisa nos acaricia y lleva en sus alas la luz de la tarde romana: juega con sus matices dorados y rosados envolviendo cada cosa en un reflejo suave, armonioso y fuera del tiempo. La belleza de este momento es tanta que sólo ahora es posible entender que la eternidad vive en el instante.

Los árboles nos invitan a descansar en el acogedor misterio de su sombra, protegiéndonos de los rayos del sol todavía tibio pero intenso y vivo. Nos recostamos en la grama, la tierra bajo nuestra espalda y el cielo azul sobre nuestras cabezas. Nubes pequeñas y perezosas juegan disfrazándose de un sinnúmero de formas fantásticas. Voces de niños que corren y se llaman por sus nombres nos llegan de lejos, como desde un sueño irreal, y pronto se desvanecen.

Silencio. Repentino, profundo, inmenso, solemne, cálido, majestuoso, divino silencio. Luminoso silencio en tus sonrientes ojos negros. Te deseo tanto que quiero ser uno contigo. Y tú me sonríes, dejándome ebrio con el perfil de tus labios y el movimiento de tus pestañas. Observo el ritmo de tu respiración en el movimiento plácido de tus senos. Nuestras manos se unen; nuestros dedos, enredándose, hacen que nuestras almas se encadenen.

Nos entregamos uno a otra en un tierno abrazo. Nuestros cuerpos encendidos de deseo se acercan, se buscan, se unen, se funden.

Todo desaparece y todo existe en nosotros en el instante eterno en que somos uno. Ya no hay palabras: sólo silencio, paz. Y vida.

Antonio Marcantonio

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