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Fragmentos de un poema hermético, místico-amoroso

En el perfume a canela
de tu piel
se esconde
la muda y tenaz revuelta
de la creación
contra un caprichoso
y taimado
demiurgo.

Tus párpados
son pétalos de rosa
que se doblan
bajo el rocío de unas lágrimas
cuando mi amor te calienta
como el primer sol
de la mañana.

¿Cómo disfrutar
de la belleza
si todo eso es perecedero?

Como un profeta herético
voy buscando
en la arcana melodía
de tus pestañas
la eternidad.

Tus ojos negros
son caudales
de un río
inagotable
que me habla
de inmortalidad.

Pero tal vez un día
despertaré
y un genio oscuro
aplastará mis sueños
riéndose ante la escena de mi sed
abandonada y solitaria.

¿Dónde está lo eterno?
Muchas veces
he estado a punto de alcanzarlo
en el instante
en que nuestros cuerpos
fueron uno.

Pero alguien
nos arrojó de nuevo
a esta árida tierra
y volvió a hacer del uno
dos.

Como un alquimista
poseído por el afán
de la armoniosa totalidad
del ser
busco el exorcismo
que nos libere
de los demonios
del olvido y la pérdida.

Encuentro la respuesta
en el perfil de tus labios
que me gusta tanto saborear.

Y cuando te beso
al gozo de pertenecerte
se une el tormento
de no poder morir
y renacer en tu alma
en ese mismo momento.

Cuando tus manos
no se entrelazan
con mis manos;
cuando tus cabellos
no me embriagan
con su aroma;
cuando no me puedo nutrir
de tu cuerpo,
vida y muerte
son sinónimos.

Pero me basta que tu voz
me meza
con las palabras
más amorosas y puras
para sentir mi alma
huir de mi pecho
y refugiarse en el tuyo.

Mi corazón
es un canto de nostalgia
de eternidad
y la eternidad
tiene un solo nombre:
el tuyo.

Antonio Marcantonio

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